Diario de a bordo: Providencia- Panamá

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Fue el día de los atunes, yo estaba sumida en esa estupidez irreparable que me sorprende a veces de puro cabezota y altiva espantosa.

Entonces salió disparado el hilo de pescar, el carrete dando línea y nosotros pensando que serían más algas, como los días anteriores.
Pero no, fue un atún pequeño y después otro y otro más, y un jurel y un cuarto atún, de al menos 3kg que nos hizo sacar la línea incapaces de almacenar tanto pescado en la nevera auxiliar, porque la otra estaba rota.

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Ese día el barco iba suave y a tres velas, las dos de proa el Génova y la trinqueta y la mayor bien arriba, recogiendo el viento, y empujándonos lejos de Providencia.

Habíamos fondeado un día junto a una calita de palmeras para subir al capi al palo que tenía que arreglar el enrollador, después me fui haciendo snorkel hasta la playa.
Unos niños me buscaron para jugar y enseñarme las langostas debajo de las rocas, sobresalientes sus antenas, escurridizas.
Pescaban con un anzuelo los jureles pequeños para después dejarlos libres y me regalaban conchitas y caracolas que cogían a manos llenas en la orilla.

Esta travesía de 18 días con sus tres escalas en Utila, Roatan y Providencia ha sido tranquila, larga y bastante cómoda en cuando a viento y ola, que han sido la mayoría del tiempo sorprendentemente favorables, contando con que estamos en época de huracanes.

Estos nueve meses a bordo me arrancan a ratos una ansiedad por cosas nuevas, más nuevas, por el vértigo de lo desconocido, más difícil de sentir desde la comodidad de mi vida de caracol, lento, húmedo y en casa.

Echo de menos desesperarme, así que me desespero sola y luego tu tienes que recordarme dónde estamos y por qué elegimos vivir así, tan lejos, tan solos.
Tan libres.

Pasan los días de travesía en un suave balanceo e interrumpimos nuestra rutina tumbada sólo para cocinar algo ligero, aguacates o quesadillas tostadas, y cambiar las velas o salir disparados a proa cuando vienen los delfines a impulsarse de madrugada.

Leemos, leemos mucho. A veces también vienen pajaritos pequeños negros de panza amarilla que llenan de vida y sonido la monotonía de horas.

Ahora por fin estamos entrando, hay una selva espesa y brillante de lluvia que nos recibe. El agua es clara, el sol está bien arriba, anunciando las 2 y media.
Los barcos mercantes que van a Colón a cruzar el Canal nos rodean con sus grandes cargas, como monstruos gigantescos de acero y humo.

Hemos llegado a Panamá. 6 meses después de salir de este mismo puerto, regresamos habiendo girado el Caribe caliente.
Más juntos, cargados de millas y salitre.
Más solos, nostálgicos de raíz , hogar y un bocadillo de jamón ibérico.
Pero libres y tostados y valientes.

Buen viento, amigos!
Besitos 🙂

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