La culpa es de Disney

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Esta es la historia de la ranita que besó al príncipe y se convirtió en marinera.

Soñaba con alguien que arreglara todas las cosas, encontrara los objetos perdidos y supiera hacer cosquillas con los ojos.
“Que me lleve mar adentro” decía ….
“Que cante fatal, pero que cante…”
pedía la ranita…

Buscaba entre hombres de mar, el sabor salado de su cuerpo…
el sudor de océano, la tinta de calamar inagotable con la que escribir una historia…

Con miedo pero con fuerza cruzó un mundo y dejó en remojo unas pestañas largas y preciosas en una isla de volcanes.

Aprendió a limpiar pescado y a llamar a cada cosa por su nombre: las cuerdas eran cabos, delante era proa y el príncipe era capitán….

“Quiero ver a que sabe tu ombligo” le dijo la ranita.
Y se coló en sus entrañas.
Y anidó, como anidan los pelícanos, sacando a secar sus alas de vez en cuando para saberse capaz de volar.

A veces sacaba las uñas y las maletas. Como si fuera a arañar, como si fuera a hacerlas.

Y luego aprendía a quedarse, que era lo mismo que irse.

Pero con él.

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A veces ni siquiera hay que estar mal para cambiar a mejor.

Basta con pensar que se puede, eso otro, lo de viajar un mundo, lo de una descalabrada vida inalcanzable, lo de otear un laberinto y sentirte con alas, lo de dejar de soñar una vida y empezar a vivir un sueño.
Y entonces.

Esto

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