La sabiduría del mar

<Hemos pasado una semana sin conexión y que maravilla, tantas cosas que contar ahora.
Hay semanas completas en las que no sucede nada nuevo y días largos y agitados como cascadas de serpentina

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Me iba, me bajaba del Moskito en busca de otras aventuras. Hablábamos en bajito el capitán y yo, para no raspar más la pupa esa idiota que habíamos creado con la incomunicación. Cocinábamos algo rico y me dijo “Estás segura que quieres irte? Me gustaría que te quedaras…”
Y mi pecho galopando fuerte.
Me había ideado un plan, pensaba ir a México y quedarme ahí en una playa a sanar con sal. A sentarme a pensar como había destrozado algo precioso y sin saber como.
Pero elegí quedarme, aprender del que arregla siempre todas las cosas. Hacer el amor y no la guerra, discutir con la piel lo que no se acordaba con la palabra, besar la herida, abrazar el vértigo. Abrazarle, a el, a mi capitán que sabe a.mar, que me enseña a hacer y deshacer nudos, que también se queda.

Y nos fuimos de regata por que ya todo era celebración y fiesta.
Nos quitamos la capota, nosotros y el Moskito.
Quedamos los segundos y nos juntamos en el barco ganador y comimos pizza que hizo Franchesca y comentamos la travesía echando humo en la popa.
Pasamos la noche en vela el capitán y yo aullando en cubierta a la luna de Robinson, las islas donde estábamos fondeados.

Nos fuimos todos los de los barcos de la regata al día siguiente de treking por la montaña. Nos llevaron en ulu a motor hasta un río y allí caminamos 3h por la selva hasta un poblado tradicional kuna.

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Un niña caminaba cerquita y me sujetó la mano para enseñarme el camino.
Me sostenía la mano como si ella fuera el adulto y yo la niña, y me miraba con unos ojos rasgados y hermosos.

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Y nos acompañó todo el día, enseñándonos su poblado, sus caminos y sus flores.

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<br

Hay veces que sólo falta que alguien te coja de la mano para que todo cobre sentido.

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Y así fue, me entregué a la montaña y a los niños de la aldea y nos tiramos al suelo y nos cogimos en alza y nos salpicamos en el río y sopa picante de pescado y hamacas y la gente del mar reunida en la montaña.

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Y así van pasando los días, y pienso en aquellos libros tan divertidos que leía de pequeña donde podías elegir que camino tomaba el protagonista. Y lo vivo. Y lo lloro. Lo río y bailo y grito y siento…
Así, todo desordenado y cambiante.
Cosas bellísimas y cosas agrias como limas verdes en los dientes.

Me quedo,
me hago Moskita,
me hago valiente
y aprendo.

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“Me gustaría que el mar fuese una fuente de inspiración ética y una manera de hallar sentido a una existencia sobre la tierra. En mi opinión hay muchas cosas útiles y preciosas que aprender del trato con el mar. Cosas como la humildad, la tenacidad, la paciencia, la colaboración y la vigilancia. Pero ante todo, la libertad. Naturalmente es una paradoja. A bordo de un barco, estamos presos como en ningún lugar. Si pretendemos sobrevivir, no podemos hacer nada más que seguir navegando. Pero, al mismo tiempo, somos más libres que en ningún otro lugar sobre tierra firme. Más libre delante del horizonte sin límites, de soñar en todas las vidas posibles e imposibles.”
La sabiduría del mar
Björn Larsson

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